MENSAJES AL VUELO

miércoles, 22 de octubre de 2008

A 40 años del invento de Fosbury: saltar de espaldas


Como tantas veces sucede con los estadounidenses, Fosbury no tuvo miedo a inventar. No le importó ser diferente a los demás. Era un iconoclasta”, Ramón Cid(*).

22 de febrero de 1968. El etíope Mamo Wolde acaba de ganar el maratón en los Juegos de México. Es la última prueba del programa olímpico, pero en la pista permanecen unos pocos atletas. Uno de los fondos del estadio comienza a atestarse de gente. Algo extraordinario está ocurriendo. Un saltador de altura ha cautivado al público y tiene perplejos a los jueces, que se consultan y no están seguros de sus decisiones. Los aficionados jalean al chico. Es un estadounidense de 21 años. Se llama Dick Fosbury. Fuera de un puñado de fanáticos de la especialidad, nadie ha oído hablar de él. Salta de espaldas a la barra.

EL INVENTO
(“El estilo habría aparecido de cualquier manera. Con la aparición de las colchonetas, lo lógico es que alguien hubiera comenzado a practicar alguna variante de la tijereta. Digamos que el estilo Fosbury es una tijera de segunda o tercera generación”).

Fosbury sólo destaca en su último año. Estudia en la Universidad Estatal de Oregón y se ha convertido en una estrella del equipo de atletismo. Ha olvidado cualquier tentación de coquetear con la técnica imperante: el rodillo ventral. Es un espárrago que no tiene la potencia para afrontar el desafío del rodillo. No es fuerte, ni rápido. Es alto: 1,94 metros. Desde niño siente fascinación por el salto de altura. En el instituto de Medford, un pequeño pueblo de Oregón, intenta sin éxito superar sus limitaciones con el rodillo ventral. Imposible. Con 15 años, sólo puede saltar 1,54. Su naturaleza le exige otra cosa: la tijereta. Fosbury se siente más cómodo. Sus progresos son evidentes. El listón asciende. Fosbury comienza a tener problemas con la tijera. Intuitivamente varía el ángulo de entrada hacia la barra. La cabeza y la espalda empiezan a pasar por encima del listón. Las piernas se quedan un poco atrás. Salta 1,80 metros. Se siente cómodo. El cuerpo le pide esa forma de saltar. No lo sabe aún, pero está a punto de cambiar la historia del salto de altura para siempre.

EL GENIO
(“Un aspecto decisivo en el impacto de Fosbury es que aparece en los Juegos Olímpicos y gana la prueba. Llega para revolucionar el salto del altura, para convertirlo en otra cosa”).

Fosbury choca frontalmente con los ortodoxos. El mundo está fascinado por las hazañas de Valeri Brumel, el potentísimo saltador soviético. Es una estrella de dimensiones mundiales. Dos años antes de los Juegos de México sitúa el récord mundial en 2,28 metros. Un accidente de motocicleta le produce graves fracturas en una de sus piernas. Los aficionados están pendientes de su recuperación. Sin Brumel, la prueba parece huérfana de alicientes. En Medford, Fosbury afina la técnica frente a la sospechosa opinión de los técnicos. Termina su etapa en el instituto local y recibe una beca para estudiar en la Universidad Estatal de Oregon (OSU). Los entrenadores observan divertidos al chico. “Tiene gracia, pero nunca llegará a ninguna parte”, dicen. Fosbury se mantiene terco. En el verano del 65, un mes antes de ingresar en la universidad, supera por primera vez los dos metros. Lo hace a su manera. Cae sobre los pedazos de gomaespuma extendidos tras el listón. Se hace daño. Siempre se hace daño. Si hubiera colchonetas para amortiguar el golpe, saltaría más. Pero las primeras colchonetas son muy caras. Cada una cuesta 300 dólares.

Berny Wagner, el entrenador del equipo universitario, insiste con el rodillo ventral. Para saltar bien, hay que hacer el rodillo. Fosbury lo intenta. Sus marcas se desploman. Otra vez es incapaz de superar el 1,80. Tiene 19 años y no ve porvenir en el atletismo. El instinto le exige otra cosa: volver a su estilo particular. Lo hace a escondidas. Una tarde, sube la barra hasta el 1,98. Lleva una camiseta y unas bermudas. Su entrenador le filma sin que Fosbury se entere. Pasa varios centímetros por encima del listón. Berny Wagner claudica. Las marcas se disparan. Con 20 años salta 2,13. No es casualidad. Lo repite en varias ocasiones, pero nadie tiene noticias de Fosbury fuera de Oregón. Le favorece el sistema estadounidense, que da oportunidades a todo el mundo en las pruebas de selección del equipo olímpico. Fosbury no sólo es un iconoclasta, también tiene fibra de competidor. Salta 2,18 metros y entra en el equipo olímpico. En México, los espectadores se ríen cuando observan su primer intento sobre 2,09. Fosbury traza una larga curva, se gira en el momento de despegar y salta limpiamente sobre el listón. De espaldas. Cae sobre una colchoneta amplia y mullida. No tiene por qué sentir miedo. Lo jueces se miran asombrados. Le han visto en las series de clasificación, pero no están seguros de que la técnica sea legal. La realidad es que Fosbury ha superado la altura. “¿Cuándo comenzará a saltar como los demás?”, se pregunta la gente. Nunca. Supera los 2,14 metros. A la primera. Los 2,18, a la primera. 2,20, a la primera. 2,22, a la primera. Mejora por un centímetro su mejor marca personal, obtenida en los Campeonatos Universitarios. Encabeza la prueba. Fosbury es la atracción de la tarde. Ya no es un bromista. El ruso Gavrilov no logra aguantar su ritmo. Falla sus tres intentos en 2,22 metros. Pero el estadounidense Carruthers sí supera esta altura.

Los espectadores se vuelcan con Fosbury, mitad atracción de feria, mitad revolucionario. Totalmente revolucionario cuando vence al listón en su último intento sobre 2,24 metros. Carruther fracasa tres veces. Dick Fosbury es el nuevo campeón. Ha batido el récord olímpico. Ha mejorado su mejor marca personal por tres centímetros. Ha cambiado radicalmente el salto de altura: intuitivamente ha descubierto la manera más eficaz de aprovechar la velocidad horizontal para potenciar la velocidad vertical, es decir, para subir más. Lo hace tras recorrer un largo arco, girarse en el punto de batida y pasar el tronco de espaldas a la varilla. Esa locura tiene un nombre: Fosbury Flop. El legado señala la genialidad de su autor. Excepto el soviético Yuri Tarmak, ganador en Múnich 72, todos los demás campeones olímpicos pertenecen a la escuela que creó el chico de Oregón. Se diría que desde aquel octubre del 68 no se salta altura, se hace Fosbury.

*[Ramón Cid es el responsable de saltos de la Federación Española de Atletismo].

fuente: Marca

No hay comentarios:

Publicar un comentario